Colegio Sagrado Corazón Fundación Igareda
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UN CABALLERO CRISTIANO

D. PEDRO DE ALCÁNTARA IGAREDA Y BALBÁS

    

   

D. Pedro de Alcántara Igareda y Balbás nació en Santibáñez- Carrejo, Cabezón de la Sal, el año de 1820; era hijo de D. Francisco Igareda y Sánchez de Porrúa y de Dª Vicenta Balbás Gutiérrez, natural de Roiz. 

 

     Estudiando las fuentes documentales de los Igareda nos encontramos a sus antepasados ya a principios del siglo XVII: es el caso de D. Juan Igareda Barreda, tatarabuelo de nuestro Fundador, que fue Escribano perpetuo del Valle de Cabezón de la Sal, título concedido por el Rey Felipe III; los escribanos, que no escribientes, eran los “notarios” de aquella época: redactaban y daban fe a cualquier documento de índole privado o público, y pertenecían al estamento o clase Noble, como Hidalgos que eran. 

 

     D. Pedro de Alcántara tuvo dos hermanos: Petra y María Eugenia. María Eugenia, falleció muy joven, a los 11 años, víctima de alguna enfermedad habitual, que hasta hace 70 años, acababa con tantas vidas de niños y jóvenes. 

 

     Asistieron a la Escuela de su Pueblo natal, situada junto a la ermita de Santa Lucía: allí en su infancia vio las grandes limitaciones de la escuela de entonces: malas instalaciones, falta de recursos técnicos, pedagógicos y humanos: estamos hablando de un tiempo hace aproximadamente 180 años. Compartían aquella escuela alrededor de 60 niños. Allí tanto él como sus hermanas recibieron la enseñanza primaria. 

 

     La escuela de la Villa de Cabezón no tenía mejores condiciones, donde asistían alrededor de 190 niños. Con sus ojos de niño y joven, D. Pedro veía esas limitaciones, y a lo largo de su vida, sin duda le sirvieron para meditar acerca de esas necesidades de los más pequeños. 

     Probablemente, ya de adolescente, estudió la segunda enseñanza en el Colegio de los Escolapios de Villacarriedo, tal como lo habían hecho antepasados y parientes. Lo cierto es que esos conocimientos serían muy importantes para su vida futura. 

 

      Siendo todavía un muchacho, a los 16 o 17 años fue arrastrado hacia Cádiz para “ganarse la vida”: era un jándalo, como tantos y tantos montañeses que emigraron a Andalucía; pero no estaba sólo: tenía parientes y conocidos que ya estaban allí sólidamente asentados. 

     Su vida activa se realizó alrededor de los negocios de las bodegas, exportación de vinos y almacenes de “coloniales”. Fueron 50 años en Cádiz, donde logró una importante fortuna. No contrajo matrimonio y por tanto no tuvo descendencia directa. 

 

     Era un Caballero cristiano, con firmes convicciones religiosas, y como tal, nunca olvidó su Cuna, su Pueblo, las gentes que le vieron crecer. Aquellas necesidades que detectó siendo un niño le dieron pié a que en testamento ológrafo (redactado por sí mismo) y cerrado, determinase sus últimas voluntades en 1882. 

 

     En síntesis, y sin ánimo de ser exhaustivos dejó dos millones de reales (una gran fortuna) para la construcción de un Asilo- Hospital que recogiera a los ancianos que tuvieran esa necesidad, preferentemente de Santibáñez- Carrejo y Cabezón de la Sal. Determinó que a ser posible, fuera una Comunidad de Hermanas de los Pobres o bien de Hijas de la Caridad, quienes con su servicio y entrega atendieran a los ancianos. 

 

     Por otra parte, insiste en la necesidad de la formación de calidad con criterios morales católicos: deja para ello una gran dotación económica para crear escuelas católicas tanto de niños como para niñas. Dichos Colegios, en principio, los dejó en la Dirección y Administración del Patronato, para la adecuada selección del profesorado y aplicación de las enseñanzas.

 

      Aún así, pronto el Patronato vio la ocasión de que una Comunidad de Hijas de la Caridad, y otra de Hermanos Maristas, se hicieran cargo de la Enseñanza. 

 

     La Fundación que lleva su nombre, Pedro de Alcántara Igareda y Balbás, queda así en un proceso de conformación lenta y progresiva: habrá que esperar al año 1908 para que se ejecute toda su voluntad: 25 años. 

 

     En este período de tiempo, llegan las Hijas de la Caridad a Cabezón de la Sal, en 1888, instalándose en el nuevo edificio construido en la plaza Virgen del Campo (actual Ayuntamiento y propiedad hoy de la Fundación): allí alojan a ancianos, además de ser Colegio para niñas y párvulos en general. 

 

     Mientras tanto, la Fundación dispone en principio, en local alquilado, la llegada de los Hermanos Maristas, en la primitiva escuela para niños, en la Pesa, que con amor y entrega realizan su labor educativa. 

 

     Al tiempo, en 1897, otra Comunidad de Hijas de la Caridad se instala en Carrejo, en el Palacio de la Plaza, atendiendo la escuela de niñas; cuando se termina de construir en 1904 el Asilo- Hospital de Carrejo, esa Comunidad se traslada aquí: atenderá en principio a 12 ancianos y a las escuelas para niñas y párvulos. 

 

     En 1908 se inaugura el nuevo asilo- Hospital y Colegio en Cabezón de la Sal, en la calle Pernalejo; los que estaban en el edificio de calle Virgen del Campo se trasladan aquí, con las Hijas de la Caridad. El edificio que queda vacío de Virgen del Campo, actual Ayuntamiento, es ocupado inmediatamente por el Colegio para niños de los Hermanos Maristas que primero estuvieron en el barrio de “la Pesa”En 1883 había fallecido en Cádiz D. Pedro de Alcántara Ygareda y Balbás; su Albacea testamentario, es decir, la Persona que debía cumplir su voluntad, el Sr. Obispo Calvo y Valero, inició la cuantiosa ejecución de citada voluntad del Fundador, pero falleció en el proceso. Será el Sacerdote Reverendo Sr. Cano Quintanilla, originario de estas tierras, quien culminará la voluntad del FUNDADOR. 

 

     Nuestro Fundador: un gran Hombre, generoso y con un Credo firme en Dios: así lo dejó claro en su vida y testamento. No se olvidó de su “tierruca”. La Historia reciente de Cabezón de la Sal no se podría entender sin sus obras. Que nadie lo quiera dejar en el olvido, sobre todo, porque su obra perdura hoy, a través de la actividad de la Fundación que lleva su nombre.

 

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